Ladrón Galería. Diciembre 2021-Febrero 2022
Pero, ¿qué cuenta exactamente esta «pesadilla»? El
malestar sentido a la vista de los cuadros se explica en
parte -pero sólo en parte- cuando se conoce la historia
que representan: una historia de por sí ya muy
extraña, y que suscita a su vez en el lector una penosa
sensación. Ésta se encuentra en la quinta
jornada del Decamerón de Boccaccio.
Georges Didi-Huberman
Pienso en la pintura de Julián Madero (Ciudad de México, 1990) brotando de un lugar en el que el afán de su propia historia como disciplina, llena de signos sacros y de tradiciones sanguíneas, se mezcla con un virulento apetito por la figuración del suplicio y la plenitud del color. Así también, por la energía nunca económicamente conservada que conlleva el deseo de ver una pintura terminada y luego otra, y otra y otra. Crucifixiones y sacrificios humanos, persecuciones, llamas en el aire, sueños sobrepoblados de personajes y animales que se miran entre sí, son algunos de los elementos que hemos ido recolectando en la pintura anterior de Julián Madero y que en esta muestra son seducidos por un remoto relato, por demás perturbador, que ha sido también el llamado que siguió otro pintor hace cinco siglos.
La obra que Julián ha preparado para esta exposición está directamente informada por tres de las cuatro tablas al temple que el pintor florentino Sandro Botticelli ejecutó como obsequio de bodas para Giannozzo Pucci y Lucrecia Bini, aristócratas de su ciudad, en 1483. El infierno de los amantes crueles, le llamó Giovanni Boccaccio en su Decamerón, al relato que reviven las tablas de Botticelli y que cuenta una historia cruel y brutal. En ella, Nastagio degli Onesti, un caballero de Ravena desconsolado por el amor, presencia el asesinato repetido una y otra vez de una dama de la corte por un caballero que pretendió su amor y de cuyos afectos la doncella se burlaría tras el suicidio de éste. Esta persecución infernal repetida como un tipo de holograma ad infinitum, es la condena de ambxs. En el relato, Nastagio organiza un banquete entero alrededor de este fantasma dual para que la doncella que él pretende, presencie los demoníacos eventos y acceda, en un tipo de extravagante coerción, a casarse con él.
Tanto la artista española Marina Núñez como el escritor Georges Didi-Huberman han observado críticamente las extremas implicaciones de este obsequio de bodas. Primero como parte de una serie de raptos, persecuciones y subyugaciones (Núñez), frecuentemente presentes en contra del cuerpo de la mujer, que existen en la pintura europea, y también como un episodio de terror psíquico, cuyas contradicciones de empatía suceden a la vista de todxs; bien desde el mismo relato de Bocaccio, cuya insensible iconografía pareciera haberle pasado de largo a Botticelli (no debemos caer en la trampa, como Huberman menciona, la crueldad botticelliana existe y es bien real). Lo que nos resta, es una pesadilla y un encono de las relaciones. En paráfrasis de Huberman, una aberrante caballería que funciona como si viéramos a San Jorge encarnizarse con la princesa, y no con el Dragón. Para Núñez, esa aberrante caballería, es la única que siempre ha habido.
Debemos observar ahora qué operaciones ha realizado Julián Madero para abordar este relato. En concordancia con procesos pictóricos pasados, Madero ha convocado a un grupo de amistades y familiares con quienes replantear estas extrañas circunstancias. La jinete, Nastagio, el amado, lxs comensales del banquete, lxs personajes han caído en distintas posiciones en relación a su acuerdo original y las imágenes que informan estas pinturas no son las tradiciones del disegno en la escuela florentina, sino collages armados de fotografías y panoramas tomados en exteriores de la Ciudad de México.
Las pinturas, sin embargo, representan los acontecimientos nuevamente en el mismo carácter holográfico y simultáneo que los fantasmas de Botticelli, dándonos múltiples eventos en una sola escena; secuencias simultáneas y la sugerencia de movimiento. Con este repertorio de actrices y actores surge una nueva posibilidad para la representación de este relato. En lo que parece ser una hipérbole de los eventos, aparece un tipo de set pintado a detalle, sobre grisalla, cuyos precisos colores animan los atavíos, la vegetación y el pelaje de los seres. Algunos, un cervatillo y un perro medieval, se han colado desde las figuras del siglo XV.
Lejos de las máscaras del Quattrocento, cada gesto invita a la identificación. Las escenas se recorren con paciencia y a la vez con una suerte de curiosidad en los perfiles. Estos personajes están construidos sobre personas que nos rodean en nuestro tiempo. No se nos escapan sus tatuajes y peinados, su forma de asimilar su propio papel, ni su ajeno vestuario.
Hay que decir que el cuarto panel de Botticelli, que representa la boda, y el éxito de la coerción de Nastagio, está fuera de la serie de Julián Madero. Su versión no ha de concluir así.
Acompañando a estas pinturas, vemos también una serie de cuatro dibujos en gran formato llevados a cabo en tinta sobre papel y formados en cuatro secciones montadas por módulos. Aquí, todavía bajo una inversión de personajes, se reactiva la pesadilla del relato de Nastagio y sus implicaciones para algo que también está más allá de la ficción. En este enramado se sacuden violentamente cuerpos humanos femeninos y masculinos así como los de caballos y perros. Humana / humano / perro / caballo en eterno conflicto. Este segmento de la muestra nos recuerda que el trabajo de Julián Madero no posee un tipo permanente de mirada: cuando pensamos que su obra ha sido contenida en el panorama coloreado de la escena, ha de volver el virulento suplicio que motiva muchas de sus persecuciones, y que es también la sombra que anima su pintura.
Las obras presentes nos hacen pensar también en los experimentos que el arte ha organizado desde sus signos y violencias históricas en todos los ámbitos, no menos el amor romántico binario, que su propia tragedia. Sin atrevernos nunca a señalar que la crueldad de una obra puede ser suspendida por otra, las advertencias de Núñez y Huberman se ensayan en y ponen a prueba a la pintura de Julián Madero, que en esta ocasión recorre –con todos sus recursos– sus distintos pronósticos y su constante apetito de inmersión en la pesadilla que a veces es la historia de la pintura.
Christian Camacho












Todos los viernes pasamos por aquí, una exposición de Julián Madero Islas
por Eric Valencia