(Casi) toda pintura exige ser interpretada. Sucede así desde su concepción primigenia: los símbolos circundantes a Cristo, por ejemplo, lo descubren un Ecce Homo o crucificado, obviando que primero se devela como Cristo. Sin un aparato de interpretación, alimentado por símbolos gráficos y decisiones pictóricas (pensemos en un trazo violento, que constituye ya un metasímbolo), la pintura sería un fenómeno inasible.
Sin embargo, la historiografía y análisis de la plástica han centrado sus esfuerzos, sobre todo durante los últimos siglos, en desmenuzar las capas iconográficas de la pintura hasta desvestirla de su propio carácter material: se habla de una “iconología” cuando se retrata a la pintura, inevitablemente, como un fenómeno inmaterial. Invisible. No hablamos ya de Cristo: hablamos de las distintas formas de Cristo y del engaño entre el Cristo representado y la idea de Cristo.
Y sí, la pintura es invisible y, por tanto, es pura (una Forma de todas las Formas), pero lo fundamental para nuestro caso es que pocos se interesan ya por trabajar, en este contexto histórico, por una pintura imperfecta, cuyo objetivo fundamental sea estrictamente iconográfico: la representación y la fábula por sobre todas las cosas.
La obra de Julián Madero regocija por su carácter iconográfico. En ella aparecen siempre la escena, el personaje y la acción, componentes seminales para una “pintura de género” en un contexto estético contemporáneo en donde esto se antoja impensable.
No es casualidad que el medio de muchas de estas piezas esté prácticamente desprovisto de profundidad matérica: como el ícono eslavo o un fresco de Giotto, lo “plano” en los monotipos de Madero es una contrapropuesta absoluta a la ambición barroca de, en palabras de Deleuze, “representarlo todo”: la pintura como función narrativa, no como un aparato de significados.
Así, es lógico también que lo narrado por Madero sea sencillamente mundano: el sexo, un animal, un par de cuerpos fundidos y orina. Lo mundano es lo concreto, y lo concreto es condición sine qua non para una pintura perfectible.
Por todo lo anterior, podemos afirmar, categóricamente, que no hay pintor en la actualidad, mucho menos en México, tan imperfecto como Julián
Madero, escritor y fabulista. Y esto lo hace invaluable dentro del terreno del arte plástico contemporáneo y, en más de un sentido, uno de los artistas más relevantes e interesantes trabajando en la actualidad.
Es obra muy bella.
Bartolomé Delmar





















2022, monotipo, 53×73 cm.




